Las mariposas son feas. De cerca. Pero al verlas volar a lo lejos, etéreas sobre la brisa de primavera, semejan hermosos pétalos de exóticas flores que quisieron salir a aventurar.
Pero en realidad son feas. Basta nada más que se posen en un sitio desde donde se les pueda observar sin espantarlas para darse cuenta que bajo esas multicolores y frágiles alas se halla un ente horripilante, de aspecto con algo de antediluviano. Una alimaña que esconde bajo una capa de hermosura su tenebrosa fealdad.
Cubre su cuerpo de insecto rastrero, que no se diferencia del de una cucaracha, con un manto de belleza alada que solo sirve para engañar al incauto observador cautivo de sus colores.
Si no fuera por sus bellas alas ¿quién pensaría en una mariposa? ¿o no es cierto que a las grises las llaman polillas?
Pobres parias de una familia multicolor condenadas a la noche, que a falta del calor del sol vienen a perecer quemando inutilmente sus alas en mi lámpara de poeta insomne.
Pero en realidad son feas. Basta nada más que se posen en un sitio desde donde se les pueda observar sin espantarlas para darse cuenta que bajo esas multicolores y frágiles alas se halla un ente horripilante, de aspecto con algo de antediluviano. Una alimaña que esconde bajo una capa de hermosura su tenebrosa fealdad.
Cubre su cuerpo de insecto rastrero, que no se diferencia del de una cucaracha, con un manto de belleza alada que solo sirve para engañar al incauto observador cautivo de sus colores.
Si no fuera por sus bellas alas ¿quién pensaría en una mariposa? ¿o no es cierto que a las grises las llaman polillas?
Pobres parias de una familia multicolor condenadas a la noche, que a falta del calor del sol vienen a perecer quemando inutilmente sus alas en mi lámpara de poeta insomne.
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