La miro.
Atemorizante en su desnudez.
Nunca la blancura fue tan escalofriante.
Tímidamente extiendo mi mano. Tiemblo.
Como si supiera que ella sabe
que me aterroriza acercarme.
Me decido, toco el teclado y comienzo.
La pantalla brilla, blanca y fría
mientras las negras letras aparecen.
(Nunca fui buena para comenzar a escribir).
Hay un no se qué de terrorífico en ello.
Al menos para mí.
Nunca mis comienzos fueron fáciles.
Pero luego mi pluma se despierta y corre,
brinca sola de palabra en palabra,
del pensamiento a la acción,
tan veloz que a veces ni puedo seguirla.
Pero primero, tiemblo.